Relatos y notas
La
aventura como escuela de vida
Reflexiones
de Hernán Uriburu. Aquellas
personas que tienen la valentía de participar
en una cabalgata muestran una personalidad y un espíritu
muy positivo. Cuando digo “valentía”
no me refiero al arrojo, al buscar vivir una situación
difícil, sino a la acción de hacer algo
distinto a lo que propone la sociedad de consumo.
Es cierto que el espíritu no se ve... pero se
nota.
Realizar una cabalgata en las montañas nos permite
apreciar y disfrutar, sin pretensiones de arte, las
habilidades de los caballos cerreños y las mulas,
en este medio ambiente duro y sufrido que nos transporta,
de alguna manera, a los inicios de nuestra patria, donde
estos nobles animales fueron pieza fundamental en el
transporte tanto de personas, como de mercaderías.
Por otro lado el paisaje del noroeste argentino se caracteriza
por su variación en espacios reducidos, es decir,
que en una misma jornada podemos disfrutar de distintos
ecosistemas que lo hace muy dinámico y variado.
Recordemos que observando los paisajes con tiempo suficiente
para “rumiarlos”, nos reencontramos con
la vida.
Estos dos componentes, caballo y paisaje, son medios
importantísimos para vivir una experiencia que,
en realidad, va mucho mas allá de lo comentado
hasta el momento. Respetando los tiempos, la idiosincrasia,
las costumbres, la cultura del hombre de la montaña,
aprenderemos... y recordaremos, gracias a ellos, muchas
cosas, hechos, situaciones, palabras, que ya sabíamos,
o de las que habíamos oído hablar, pero
que sutilmente fueron borradas de nuestro vocabulario
diario, de nuestro vivir diario.
La austeridad en el equipo, en la ropa, en las palabras,
en el yantar. En las alturas Pachamama nos propone ayunar
y a los tragones, que no la escuchan, los castiga con
dolores de cabeza, nauseas y trastornos digestivos (léase
puna).
La montaña nos propone desarrollar la paciencia,
el caminar despacio cuidando caballo, “por si
las moscas”, aguantar el cansancio... y aceptarlo,
porque es inútil declararse reventado y sentirse
víctima cuando faltan dos o tres horas más
para finalizar la jornada. En estos casos, lo único
que se sabe es que viajando hacia tal punto se ha de
llegar por fuerza.
Cuando cabalgamos por lugares desconocidos, sin querer
creemos. Creemos en el prójimo, en ese baqueano,
económico por donde se lo mire, que camina con
prudente cautela, que nada lo altera ni perturba, que
al llegar a un río crecido y en el momento de
cruzarlo nos propone, sin alharaca alguna, regresar
por el mismo camino porque está “sonando
fiero”. Y cuando un río “suena fiero”
es porque por debajo del agua están rodando piedras
grandes y es peligroso que al golpear una mano o una
pata de algún caballo ésta se quiebre.
Nada de heroísmos inútiles.
Una cabalgata nos enseña a pedir ayuda cuando
la necesitamos, sin complejos ni vergüenzas, a
ser sobrios, a valorar lo sencillo, a tener respeto
por las personas y por las cosas, a comer con cachazuda
circunspección.
Aceptar todo esto curiosamente es sentirse rústico
y una vez que se asimila esta realidad, momentánea,
se resuelven con ánimo y alegría los inconvenientes
que pudieran surgir durante el viaje.
Es bueno, necesario e importante que estemos preparados
para afrontar problemas, dificultades, sorpresas.
Gracias a la aventura de las cabalgatas, recreamos y
revalorizamos: la austeridad, el ayuno, el silencio,
la paciencia, el caminar despacio, el aguantar el cansancio,
el creer en la prudencia, la cautela, aprendemos a no
alterarse ni perturbarse, a pedir ayuda cuando la necesitamos,
a ser sobrios y valorar lo sencillo, el respeto, a evitar
heroísmos inútiles... y es así
como, sin querer, ... nos reencontramos con la vida,
es decir, vemos la vida desde otra óptica.
La realidad actual, los tiempos modernos, lamentablemente
corren en contra. La educación que recibimos
en general, es muy conservadora producto del miedo y
este miedo paraliza nuestros dones, nuestras virtudes.
Es tan así, que los adjetivos coraje y decisión
se los utiliza, solamente, cuando hablamos de los terroristas,
comandos o guerrilleros.
Pensamos que la lucha, y el sufrimiento son una desgracia,
cuando en realidad la lucha y el sufrimiento son necesarios
especialmente para los más débiles y vacilantes
ya que son un correctivo. Luchamos con dolor al nacer,
luchamos para vivir, luchamos al morir. Si la lucha
y el dolor estarán a nuestro lado toda la vida,
“nos hagamos amigos”, “conversemos”
con ellos, para que la vida sea más agradable,
tenga mas sentido, sea real y valga la pena ser vivida.
Nos invitan a seguir el camino fácil, la huella
mas transitada, la mas trillada por el rebaño
que mansamente vuelve al corral. Este no es el camino
del hombre libre. Vivimos buscando seguridades y no
nos damos cuenta que con las seguridades vienen enancados
la dependencia, la incredulidad en la esperanza, la
confianza y las ilusiones: el aburrimiento.
Somos seres profundamente débiles y vulnerables...
y estas seguridades aumentan nuestras debilidades.
Vivimos en una sociedad donde se busca por todos lados
el bienestar, el confort y es así que cuanto
más nos empobrecemos como personas, más
necesitamos rodearnos de “cosas” que cubran
nuestro vacío existencial.
El miedo, la inseguridad, ¿no serán un
nuevo estilo de dominación del mundo, de esclavitud,
de sometimiento? Recordemos que el miedo no duele si
existe la confianza.
Otra propuesta que nos hacen creer como muy interesante
es la rutina. La rutina de trabajar toda la semana para
descansar el fin de semana, de trabajar once meses del
año para vacacionar un mes, de estudiar el almanaque
los primeros días del año para organizar,
con tiempo, adónde ir los fines de semana largos,
lo mismo que en las vacaciones de invierno y en Semana
Santa y, sin darnos cuenta, muchas veces nos hemos quedado..
sin tiempo para hacer lo que, tal vez, nos gustaría
hacer.
Tiempos para la familia, para los amigos, para soñar,
para mirar las estrellas... para rascarnos sin complejos.
Las cabalgatas y la aventura nos invitan a salir de
las normas y de la rutina... y a asumir los riesgos.
Hernán Uriburu
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