Relatos y notas
Cabalgando
por tierra mapuche
Publicada por
la revista Weekend, Ed. Perfil, en mayo de 2000 bajo
el título "El reino de la inmensidad".
Algunos
nos conocimos en el aeropuerto de Neuquén; el
resto se nos unió en la terminal de ómnibus
de Zapala. En la van que nos trasladó los 200
kilómetros hasta el refugio Aguila Mora, desde
un primer momento apareció el entusiasmo, la
camaradería y la armonía que duró
los siete días que convivimos en la montaña.
En el inicio está implícito el desarrollo
de lo que después se va desplegando. A esto se
refiere el refrán mapuche "Wüni femngei
ta küyen; küyen ta tripantü" cuya
traducción literal sería: Así como
amanece hoy, así será el mes; tal como
el primer mes, así será el año.
Recorriendo tierra mapuche, esta verdad no fue desafiada
jamás.
Fuimos entrando en la zona de Araucaría o Pehuenia,
que recibe su nombre por la presencia de bosques puros
de araucarias o pehuenes. Desde Caviahue hasta el lago
Aluminé se da el fenómeno de verlas sin
otras especies de árboles. Crecen muy lentamente,
algunas tienen más de mil años. Sobrecoge
verlas como mudas espectadoras del milenio que estamos
despidiendo. La cabalgata comenzó en esta zona
y terminó en medio de un brazo de la selva valdiviana,
con un paisaje muy distinto.
Cuando llegamos al refugio Aquila Mora, camino a Pino
Hachado, desde donde partimos, nos estaban esperando
nuestro guía Enrique de Larminat, José,
su colaborador y Javier, el baqueano. Luego de presentaciones
y saludos vino la temida consigna de toda cabalgata:
"Vamos a llevar lo indispensable, tiene que entrar
en estas alforjas". La primera foto debería
ser de la cara de estupor con que la gente suele tomar
desconfiadamente las alforjas mientras exclama o piensa
indignada: "¡Aquí no entra nada!"
Pues termina entrando lo necesario, ni más ni
menos. Una mesa larga nos estaba esperando con un buen
plato de pasta para sosegarnos después de la
lucha interna que implica elegir qué llevar y
qué dejar. Durante el momento de asignación
de los caballos es común la pregunta: ¿cómo
se llama? Mi yegua se llamaba Resbalosa. Dos horas más
tarde hizo honor a su nombre porque ambas nos metimos
en un pantano y terminamos revolcadas en el barro. Mea
culpa: error del jinete.
La primera noche dormimos en un bosque de araucarias
circundado por un arroyo. En el armado de carpas y ese
primer fogón comenzamos a conocernos, a identificar
afinidades, que siempre las hay en estos grupos. Se
trata de afinidades que trascienden la edad, el sexo,
la ocupación, la educación formal y la
cultura. Nos une la organización de necesidades
básicas: el camino a tomar, el lugar para acampar,
la preparación de la comida, la solución
de problemas puntuales que pone a prueba la solidaridad
y buena disposición.
El segundo día recorrimos el valle del río
Litrán, una región cargada de historias
de indios y su lucha por la supervivencia. La tradición
mapuche sigue viva en estas tierras que ahora son fiscales
en su mayor parte. Suele verse un puesto o veranada
de tanto en tanto donde habitan muy precariamente los
arrendatarios mapuches y no mapuches dedicados al pastoreo
de su ganado. A los visitantes no deja de impactarnos
esta forma de vida despojada de las comodidades y superficialidades
que pasaron a ser necesidades en nuestra vida.
El día tercero fuimos internándonos en
una zona más netamente volcánica. Grandes
extensiones de arenas con oasis formados por los bosques
de araucarias dan su especial fisonomía a este
paisaje único. Recorrimos Paso del Arco, usado
por los malones para cruzar hasta Chile donde hacían
sus trueques de vacas y aguardiente. Un rosario de volcanes
apareció frente a nosotros. Araucarias en un
primer plano y la indiscutible figura del Lanín
allá lejos donde la vista no llega a perderse.
Nos detuvimos en el hito que marca la frontera con Chile
para apreciar el panorama antes de bordear una laguna
volcánica que surge en medio de un páramo
de laderas de arena. Aquí el paisaje comienza
a cambiar. Fuimos metiéndonos en un bosque más
tupido en que hacen su aparición las lengas.
El terreno se torna más húmedo y hay que
esmerarse para encontrar un sitio seco y protegido donde
armar campamento. La elección ese día
no pudo ser mejor. Luego de sortear mallines e internarse
en el bosque, accedimos a un arroyo que bajaba enérgico
entre las piedras donde fue un deleite "bañarse"
a pesar del fresco. Durante el fogón esa noche,
Javier contó la historia de un puma que mataba
a su ganado y al que dio caza guiado por sus huellas
en la nieve. Siguieron otras historias, mezclando realidad
y ficción. A través de las llamas, las
caras estallaban en carcajadas o abrían los ojos
de asombro, según el argumento.
Al día siguiente subimos al Volcán Batea
Mahuída, famoso por su laguna en el boquete del
cráter. Se ve con toda claridad la diferencia
de tonalidad entre el celeste turquesa de la orilla
y la oscuridad central revelando una profundidad desconocida.
Seguimos hasta un punto panorámico desde donde
se ve Villa Pehuenia a orillas del lago Aluminé
y un interminable bosque rodeando el lago Moquehue hasta
perderse cordillera adentro. En esa dirección
siguió la cabalgata. Después de cruzar
por el agua la angostura que separa ambos lagos, acampamos
sobre el Moquehue, en el bosque, a orillas del lago
y de un arroyo de deshielo. A pesar del cansancio tuvimos
la lucidez de dejarnos convencer por José para
remontar el río a pie hasta una cascada que formaba
una olla natural. Al ver la caída de agua protegida
por el bosque y las enormes piedras que la encajonaban
bañadas por el sol, Hugo no resistió la
tentación de zambullirse.
Nuestro viaje continuó por esta Reserva Natural
de Araucarias - junto a coihues, ñires y lengas
- que son tierras de los Puel, la gran familia mapuche.
Pasamos por el pueblo Moquehue, donde nos aprovisionamos,
cruzamos la pista de aterrizaje de tierra que se construyó
cuarenta años atrás para el aserradero
que allí funcionaba y seguimos camino por el
valle del arroyo Remecó, entre el lago Moquehue
y el Ñorquinco. En cada recodo del río
hubiéramos deseado quedarnos un par de días,
pero nuestro plan sólo nos permitió una
noche.
Llegar hasta el campamento safari que nos esperaba en
el lago Pilhue nos tomó dos días más
de bosques, pic-nics, anécdotas, charlas, montañas
y fogones. El último día de la cabalgata
fue diferente a los demás, no sólo por
ser el último - con lo que eso representa - sino
porque el paisaje volvió a cambiar. El valle
del río Pilhue fue conduciéndonos a una
lengua de la selva valdiviana: alerces, algarrobos,
coihues, araucarias, robles que crecen majestuosos por
encima de un soto bosque de más de dos metros
de altura de caña coligüe.
A nuestro destino final llegamos entalcados de tierra
finita y rojiza que fueron levantando los caballos por
la senda de acceso al lago Pilhue. Hubo momentos en
que tuvimos que confiar ciegamente en los caballos porque
la visibilidad era cero. Aun así fue un acto
de arrojo porque los animales no podían ver más
que nosotros. Entre las nubes de polvo y los claros
que se hacían cada tanto en el bosque fueron
apareciendo alucinantes pantallazos del lago. En el
campamento safari donde terminó la cabalgata,
nos encontramos con un quincho bien preparado, duchas
de agua caliente, baños y carpas. Para nosotros...
un lujo asiático. Desensillamos, nos despedimos
de nuestros caballos y nos relajamos entre foto y foto
de nuestras caras sucias y felices de haber llegado.
Recuperamos los bolsos y mochilas con la ropa desechada
al principio y uno por uno fuimos pasando por la ducha.
Hubo un antes y un después. Limpios y descansados,
volvimos a reunirnos por última vez junto a un
fogón Manuel, Elisa, Gabriel, Solange, Mercedes,
Julieta, Carolina, Mario, Hugo, Cristian, José,
Enrique, su esposa Ana y yo. De Javier nos habíamos
despedido unas horas antes. A la mañana siguiente
cada uno partiría por rumbos diferentes con la
promesa - ya cumplida - de volver a encontrarnos para
intercambiar fotos y hacer nuevos planes.
Magdalena Senestrari
marzo 2000
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