Relatos y notas
Aventura
en los Andes: A caballo por la nieve
Nota publicada por la
revista Weekend, Ed. Perfil, en febrero de 2000 bajo
el título "Dominios del Infiernillo".
Nueve
personas convergen en un lugar y momento determinados.
Los Molles. Sudoeste de Mendoza. Al pie de la majestuosa
cordillera de Los Andes. A 200 kilómetros de
la próspera ciudad de San Rafael. 17 de noviembre.
Preestreno de la temporada estival. No será una
cabalgata más. Las personas saben que habrá
que sortear una dificultad agregada: la nieve. La idea
de adentrarse en las montañas y ser testigos
del proceso de deshielo sin duda pesó en el momento
de tomar la decisión de dejar los civilizados
sitios de residencia en una época del año
atípica. Puedo afirmarlo con conocimiento de
causa porque yo también fui de la partida. Cabalgar
en la nieve tienta a los espíritus aventureros.
El punto de reunión fue el puesto de verano de
Rolando Pardo. Allí se instala con su familia
en los meses estivales y pone los caballos que cría
al servicio de las expediciones que organiza Adolfo
Allende desde hace diez años. Rolando es el baqueano
en las travesías lideradas por Adolfo. Ambos
desarrollan sus funciones sin superposiciones, complementándose
a la perfección. Esto aporta confianza al grupo,
un ingrediente más que necesario cuando nos vemos
librados a la naturaleza. Rolando es el conocedor de
la zona; es su decisión la que se respeta para
cruzar un "bardón" de nieve montados
o con el caballo al tiro, para sortear un río
caudaloso por tal o cual lugar o para elegir el sendero
adecuado para avanzar. Adolfo agrega a su pericia en
las montañas mendocinas una rica experiencia
en el manejo de grupos, para no mencionar sus dotes
de cocinero cordillerano. Como suele suceder cuando
estamos expuestos a nuestras necesidades más
básicas, este último punto vale mucho
a la hora de ganarse a la gente. No es de extrañarse
cuando se trata de argentinos, sin embargo en nuestro
grupo había un matrimonio inglés que no
tuvo empacho en transgredir los buenos modales para
tomar alguna costillita de chivito con las manos, meter
la cuchara en el tarro de dulce de leche comunitario
o prenderse en la mateada con pan casero, paté
y queso. La adaptación y la integración
son buenos síntomas en estos viajes. Propiciarlas,
todo un arte.
Una vez reunidos en San Rafael - donde habíamos
llegado desde diferentes puntos del país y por
distintos medios - nos trasladamos hasta Los Molles.
En el camino nos sorprendió una tormenta de granizo
de tal magnitud que dejó el paisaje blanco, pero
de piedras. Debió de ser buen augurio porque
el resto de la semana tuvimos cielos azules durante
el día y estrellados por las noches. Vimos prepararse
la luna llena que fue el regalo de la última
jornada. Pero ese primer día, al llegar al puesto
de don Rolando realizamos una cabalgata para probar
las monturas y los caballos que, comparada con las posteriores,
fue una muestra gratis. Vale la aclaración de
que no es indispensable saber montar ya que los caballos
son muy mansos y seguros en la montaña; en cambio
sí es importante no tenerles miedo. Visitamos
los Pozos de las Animas, dos formaciones cársticas
que son como hoyos de unos 300 metros de diámetro
y 90 de profundidad e hicimos un reconocimiento general
de la zona. Esa noche nos fuimos a dormir con esa mezcla
de ansiedad y entusiasmo que provoca lo desconocido.
Al
día siguiente comenzamos la aventura nueve personas,
once caballos y una mula destinada al protagonismo de
una odisea no prevista. Pero eso viene después.
En cuanto a los paisajes que fuimos recorriendo, dejo
que las fotos los inviten a realizar la experiencia
que es la única manera de vivirlos. Las palabras
no alcanzan para transmitir olores, el sonido del agua
que corre, el graznido gritón de las corraleras,
el planeo de los cóndores, el color de las lagunas
de deshielo y menos la orquestación de todo esto.
Fuimos dejando atrás el valle para meternos de
lleno en la cordillera. Armamos nuestro primer campamento
en una planicie rocosa a 2700 msnm junto a una vertiente,
con leña a disposición y pastos para los
caballos: tres elementos indispensables para la elección
del lugar de pernocte. Nuestros guías decidieron
posponer para el día siguiente el cruce del portezuelo
hacia el Cajón del Infiernillo debido a que la
nieve estaba demasiado blanda a esa hora de la tarde.
El segundo día tuvimos nuestro bautismo de cabalgar
en la nieve. Los cascos se hunden en el piso blanco
que va crujiendo mientras cede, nunca se sabe cuánto.
Cada pisada sobre esa superficie aparentemente plana
es una incógnita. Al jinete le conviene estar
atento, para poder reaccionar en caso de que el caballo
trastabille. Algunas veces es necesario desmontar y
dejar que los animales crucen solos, con menor peso.
Cada tramo es un desafío, con riesgos debidamente
sopesados, pero desafío al fin. Fue trabajoso
y muy divertido. Esta combinación de emociones
nos dejó agradablemente extenuados. Aquí
comenzó lo que podríamos llamar la atormentada
historia de nuestra entrañable mula Macho. Comprendí
el porqué de aquello de "terco como una
mula".
Resulta que las mulas no son buenas para la nieve honda.
Nuestro baqueano lo sabía muy bien pero no pensó
que encontraríamos tanta nieve en esta época
del año y decidió incluir una mula entre
los animales de carga. Macho se tropezó y cayó
con la carga repetidas veces. Llegó un momento
en la bajada final hacia el Cajón del Infiernillo,
en que la mula se empacó y decidió no
seguir. Quedó petrificada sobre un pequeño
manchón de tierra firme en medio de la ladera
blanca. Se agotaron todas las artimañas habidas
y por haber para hacerla cambiar de parecer, hasta que
se hizo demasiado tarde para continuar intentándolo.
Rolando tomó la decisión de dejarla: "las
mulas son fuertes, pueden sobrevivir varios días
sin problemas", nos aseguró. Dejamos parte
de la carga de Macho (lo que no usaríamos hasta
el regreso) y repartimos el resto entre los dos caballos
cargueros y las alforjas. El grupo debía avanzar
sobre un terreno de vegas (parecidos a los mallines
patagónicos), nieve y riachos del deshielo hasta
alcanzar un sitio propicio para armar campamento antes
de que oscureciera. Macho quedó sola muy a pesar
de todos y continuamos camino. Acampamos a orillas del
río Infiernillo. Esa noche nos costó alejarnos
del fogón rumbo a nuestras carpas. Hacía
frío. Una buena comida, vino, algo dulce, un
té caliente y por fin a dormir.
En el siguiente tramo alcanzamos el punto más
distante de nuestra travesía: la laguna del Cajón
Grande. Su presencia no se sospecha hasta último
momento. Al final de una cuesta aparece con su increíble
color turquesa, escondida a 3000 msnm, rodeada de picos
nevados. Desandando el camino, junto a las paredes de
piedra de un rial o puesto de verano, a plena montaña,
armamos campamento. Un caudaloso río nos proveyó
de agua y alimentó la ilusión de algunos
de pescar truchas. Esta vez estuvieron esquivas. Era
sábado a la noche. Quizá por eso y porque
sabíamos que tendríamos la recompensa
de un buen fuego y una opípara cena, algunos
nos animamos a bañarnos. A la mañana siguiente
emprendimos el regreso. La consigna era acercarnos lo
más posible a la ladera nevada donde había
quedado Macho, para encarar la subida por la nieve muy
temprano al otro día.
La penúltima noche acampamos en un lugar alucinante
del valle vigilado por montañas salpicadas de
nieve. Armamos las carpas entre las pircas de un rial
rodeado de montículos de pasto duro, muy corto
y esponjoso, entre los que bajaban riachos que alimentaban
el Infiernillo. El atardecer nos dejó boquiabiertos.
Llegó el último día, el día
del rescate de Macho. A la dificultad de la subida que
debimos hacer a pie y arreando a los caballos se sumó
el desafío de volver con la mula. No fue nada
fácil y nos llevó varias horas. Algunos
nos quedábamos a cargo de que no se dispersaran
los caballos, mientras otros apelaban a su imaginación,
la fuerza, las arengas más inusitadas para mover
a Macho. El ruido de cacerolas, chasquidos, sogas, la
ayuda de algún caballo. Hubo momentos de frustración,
de agotamiento, situaciones cómicas, revuelcos
en la nieve, pero tuvimos nuestra recompensa: logramos
sacar a la mula. Luego de un tiempo de festejo y descanso
seguimos viaje hasta nuestro último campamento
en una pampita de pastos tiernos muy cerca de nuestro
destino final. Estábamos a dos horas del puesto
del que habíamos partido, totalmente relajados,
con esa indescriptible sensación que queda después
de un viaje de aventura, mezcla de satisfacción
y cansancio del mejor. Esa noche era luna llena y no
había viento. Ideal para dormir a la intemperie.
Eso hicimos.
La penúltima noche, reunidos junto al fogón,
los rostros mostraban la concentración de los
atletas antes de una competencia. Al día siguiente
tendríamos que encarar la pendiente nevada cuya
dificultad conocíamos muy bien. Fueron horas
de introspección y preparación para el
momento más difícil del viaje. Adolfo
confesó que éste se había armado
alrededor del pedido de nuestros visitantes ingleses
expertos en caballos y amantes de la Argentina. La consigna
era "Andes, caballos y nieve". Tuvimos buenas
dosis de todo esto y más aún. Según
nos dijo nuestro guía es ideal hacer este recorrido
en los meses de noviembre y diciembre por lo pintoresco
del paisaje. En enero y febrero sus cabalgatas parten
hacia Valle Hermoso, los hitos limítrofes con
Chile, el volcán Peteroa y otras zonas.
Magdalena Senestrari
diciembre 1999
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