Relatos y notas
Encuentro
entre culturas indígenas
Queridos
amigos, deseo compartir con ustedes algunos temas sobre
los que vengo reflexionando después de haber
conocido y conversado con personas de diferentes etnias
originarias de América. Hace unos días
participé del Primer encuentro latinoamericano
de culturas indígenas que tuvo lugar en la ciudad
de Formosa. Asistieron wichis, tobas, pilagás,
guaraníes, mapuches, araucanos, charrúas,
kollas, mayas, otomíes, navajos y nosotros los
occidentales, que en este caso fuimos más a escuchar,
en actitud receptiva y de aprendizaje. Hubo conferencias,
exposiciones de artesanías, expresiones artísticas,
rituales, y sobre todo la oportunidad de conversar persona
a persona con quienes viven en estrecho contacto con
la tierra, respetando principios de sabiduría
ancestral.
Sin desmerecer la importancia de temas concernientes
a los derechos del aborigen americano largamente postergados
y al desafío actual que implica la integración
concreta de ambas culturas, voy a hablar de cosas en
apariencia pequeñas, cosas que interesan a mi
naturaleza de mujer.
Armonía y reciprocidad: El "estar bien"
para el aborigen implica estar bien con uno mismo, con
los demás y en armonía con la naturaleza.
El hombre indígena sabe convivir con la naturaleza,
es una parte más de ella, necesita de ella así
como del grupo al que pertenece. Desde que nace aprende
a vivir comunitariamente y a conocer a fondo el entorno,
las plantas, los animales, incluso el lenguaje de todos
los seres que lo rodean. Aprende de los ancianos un
código de señales que lo guiarán
en el camino de la vida y lo aplica. Un águila
en tal o cual posición sobre una piedra en el
camino, el canto de determinado pájaro en un
momento dado del día... Aprende las cualidades
de las plantas que contribuyen a mantener la salud.
Si éstas se enferman, pierden su poder. El enfoque
del arte de curar tiene un componente físico,
mental, emocional y también espiritual. Curar
significa reestablecer el equilibrio. Reciprocidad es
otra palabra clave que se repitió en varias de
las charlas. Yo te ayudo hoy, mañana vos me ayudás
a mí en la medida en que puedas. No desde la
obligación sino porque en todo momento ha de
haber equilibrio, ¿cómo podría
ser de otro modo?
Claridad en los roles, dignidad y respeto: Me emocionó
la fuerza y entereza de dos mujeres en particular: Esther
Flores del Río y Eufemia Cholac Chicol, del pueblo
otomí y maya respectivamente. La primera era
una mujer joven, rellenita, que se veía hermosa
con su cabello corto adornado con una vincha, su traje
típico, su cara lavada, piel tersa a pesar de
sus casi 40 años, sin cremas de por medio ni
nada de nada. Habló de la familia, concebida
como parte de la comunidad. De la importancia de acariciar
a nuestros hijos con un cuento o una canción
por las noches, antes de que se vayan a dormir, de cuidarlos
con esmero porque son nuestras florcitas, lo más
preciado que tenemos en la vida. Así van creciendo
confiando en ellos mismos, sin miedos. Habló
de la importancia de transmitirles las tradiciones y
las enseñanzas de los antiguos a través
de esos cuentos y canciones. También habló
de que hay que aprender a tocarse, piel a piel, cuerpo
a cuerpo, así uno sabrá sentir el propio
cuerpo y así también podrá escucharlo
cuando nos quiera decir algo importante. El cuerpo habla,
avisa. Hay roles que son de hombres y otros de mujeres,
simplemente porque así está dicho. Los
ancianos son los más sabios, ellos son los responsables
de transmitir las enseñanzas y son respetados
por haber vivido más. Es importante el rol de
la abuela cuando nace un pequeño porque ella
enseñará a la madre a cuidarlo. Contó
que cuando era niña se reunían por las
noches alrededor del fuego, a la luz del cielo estrellado,
a escuchar al abuelo ofrecer sus relatos. Los que ya
no están porque han continuado su camino hacia
la otra vida siguen presentes dentro de uno a través
del recuerdo y de las enseñanzas que dejaron.
Eufemia,
en cambio, era una mujer de más de cincuenta,
de cabello gris, grueso, peinado en una trenza larga
en la que se entrelazaban cintas de colores que llegaban
hasta la cintura. Sencillísima y bellísima,
uno de esos pocos seres que pueden encarnar al mismo
tiempo toda la humildad y toda la dignidad de que es
capaz un ser humano. Nos transmitió las bases
- "sólo las bases porque no hay tiempo para
desplegar el conocimiento completo" - de un saber
que se mantuvo oculto durante mucho tiempo para protegerlo
de posibles detractores. Su tema fue el calendario maya.
La carpa/sala estaba llena de gente, luego de invocar
protección encendiendo una vela con un sencillo
ritual, comenzó su exposición pidiendo
que las mujeres de otras etnias estuvieran presentes
"porque necesito a mis hermanas indias para poder
afrontar esta misión que se me ha encomendado".
Luego se dirigió a todos los profesionales presentes
diciéndoles que admiraba profundamente el conocimiento
que ellos tenían y que se sentía honrada
por su presencia, que ella iba a hablar de un saber
muy antiguo que le había sido legado y que contenía
todos los secretos de la vida. En pocos minutos había
logrado captar nuestra plena atención y nos había
infundido una actitud de sincero respeto hacia lo que
procedió a transmitir.
Tomo lo vivido y escuchado como uno de esos hermosos
y simples regalos de la vida. Hay de todo en todos los
grupos humanos, no quiero decir que todos los indios
sean buenos y sabios y que los occidentales no tengamos
nada valioso para aportar, sólo que durante mucho
tiempo hemos ignorado parte de quienes somos como americanos.
Ahora, para construir habrá que sumar y compartir
lo mejor que tenemos. Hoy ellos, los verdaderos ancestros
de esta tierra, están en el camino de ida hacia
la integración y el desarrollo bajo la condición
de que su cultura sea aceptada y sus derechos reconocidos.
Hoy nosotros, los occidentales descendientes de quienes
eligieron América en busca de mejores horizontes,
estamos en el camino de regreso hacia un conocimiento
que fue despreciado en el primer encuentro entre ambas
culturas más de 500 años atrás.
Comenzamos a tomar conciencia de que hemos perdido algo
por el camino, una sabiduría oculta al hemisferio
izquierdo del cerebro, comenzamos a despertarnos y a
darnos cuenta de que hay una fuerza que recuperar y
también algo que reparar con respecto a los pueblos
antiguos. A ellos que son los ancianos de America les
debemos una reverencia.
Quiero cerrar con una frase que escuché de uno
de ellos y quedó retumbando en mis oídos,
creo que para que la comparta con ustedes:
"Los muros que separan a los hombres entre sí
son los mismos que separan a los hombres de Dios."
Dios no tiene nombre, culto o religión. Dios
es el origen, la esencia... nuestra esencia sagrada...
aquello hacia lo que buscamos re-ligarnos en todos los
actos de nuestras vidas, consciente o inconscientemente.
El miedo es lo que nos separa. Cuando desaparece el
miedo, caen los muros.
Ojalá que así sea por el bien de todos.
Magdalena Senestrari
abril 2004
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